domingo, 6 de septiembre de 2026

Radio ranchito Michoacan



Tonchy, un buen amigo y paisano mexicano, con quien su familia, la mía y otros amigos hemos compartido distintas temporalidades de convivencia, es también conocido por preparar unas carnitas estilo Michoacán verdaderamente riquísimas, acompañadas de las tortillas a mano que hace su esposa, simplemente buenísimas. En algún momento, yo me había ofrecido a acompañarlo a su trabajo cuando se diera la oportunidad, con la intención de distraerme y conocer nuevos lugares, ya que por las mañanas no estaba haciendo mucho. Bajo esa lógica, un día pasó por mí para dirigirnos a una localidad cercana donde tenía algunos trabajos propios de su oficio.


Ya dentro del vehículo, me percaté de que escuchaba la radio. En la pantalla digital del tablero se apreciaba el logo de Radio Ranchito 102.5 FM. Al notarlo, me dijo:

—Yo escucho esa radio de allá de mi pueblo. Ahí me entero de todo lo que pasa en mi estado y en México.


Radio Ranchito 102.5 FM, la estación que sonaba ese día en la camioneta, es una emisora tradicional de Morelia, Michoacán, conocida por transmitir música regional mexicana, noticias y programas populares que conectan con la vida cotidiana y las tradiciones de su gente. Para muchos migrantes, como mi amigo, representa un vínculo permanente con su tierra natal.


Mientras avanzábamos por la carretera, comprendí que aquella estación de radio era mucho más que un simple acompañamiento de viaje. En cada canción, en cada anuncio y en cada saludo al aire, mi amigo encontraba una forma de volver, aunque fuera por instantes, a su tierra. La voz de la locutora, con su acento familiar, parecía acortar la distancia entre donde estábamos y los caminos polvorientos de Michoacán que él tanto recordaba.


Me explicó que escuchar esa radio le ayudaba a no sentirse tan lejos de casa. Ahí hablaban de las fiestas patronales, de los cambios del clima, de los precios del campo. Para alguien que había dejado atrás familia, costumbres y paisajes, esas transmisiones se convertían en un lazo invisible, pero firme, con sus raíces.


Guardé silencio por un momento, entendiendo que para muchos migrantes la nostalgia no siempre se manifiesta en palabras, sino en pequeños gestos cotidianos: una canción ranchera, una comida preparada como en casa o una estación de radio sintonizada cada mañana. En ese trayecto, la camioneta no solo nos llevaba a una localidad cercana por motivos de trabajo, sino que también transportaba recuerdos, añoranzas y una identidad que se resiste a desvanecerse con la distancia.


Aquel día entendí que, para mi amigo, Michoacán no era solo un lugar en el mapa, sino una presencia constante que viajaba con él, acomodada en el sonido de la radio, acompañándolo en silencio mientras cumplía su jornada lejos de su hogar.

domingo, 18 de enero de 2026

Callate los ojos.


Cállate los ojos


Hay momentos en los que no hace falta cerrar los ojos, sino hacerlos callar.

Porque los ojos también hablan. Señalan, juzgan, insisten. No se conforman con ver: quieren interpretar, ordenar, condenar.

Decir cállate los ojos no es un gesto contra la mirada, sino contra su exceso. Contra esa costumbre de mirar el mundo como si debiera explicarse de inmediato, como si cada cosa exigiera una opinión, una respuesta, un veredicto.


Los ojos no saben esperar.

Ven primero y piensan después —si es que piensan—. Por eso a veces conviene pedirles silencio, como se le pide a una voz interior que no deja escuchar nada más.


Callar los ojos es permitir que otras formas de atención aparezcan:

el tacto de una frase,

el peso de una pausa,

la incomodidad de no entender del todo.

Vivimos rodeados de miradas ruidosas. Miradas que opinan, que registran, que archivan. Miradas que no descansan. Tal vez por eso leer sigue siendo un acto extraño: exige una mirada que no interrumpa, que no se adelante, que acepte no saber.


Hamlet lo intuye cuando enfrenta a su madre: ver no basta.Mirar sin conciencia es otra forma de ceguera.


Cállate los ojos:

para que el pensamiento no sea inmediato,

para que el lenguaje no sea reflejo,

para que el mundo no se reduzca a lo visible.

A veces, solo cuando los ojos guardan silencio, algo —por fin— empieza a decirse.


Dejar de escribir política, para volver a escribir.


Dejar de escribir de política para volver a escribir

Durante años escribí desde la urgencia.

Desde la necesidad de opinar, de responder, de no callar. La política era un territorio inevitable: estaba en todas partes y también en mí. Escribir sobre ella parecía una forma de estar despierto.

Pero el cansancio no llegó de golpe. Fue lento, casi educado.

Primero fue la repetición de los argumentos. Luego, la sensación de que cada texto ya había sido escrito antes, con otras palabras, por otra persona igual de agotada. Finalmente, apareció algo peor: escribir dejó de ser una forma de pensar y se volvió una forma de reaccionar.

La reacción cansa.

La reacción no escucha.

La reacción no deja frases que duren.

Por eso dejé de escribir. O, más exactamente, dejé de publicar.

Seguí tomando notas, subrayando libros, anotando ideas en los márgenes. Pero entendí que necesitaba silencio. No para abandonar el pensamiento, sino para cambiar de ritmo.

Este blog estuvo en pausa dos años. No fue un paréntesis estratégico ni una decisión calculada. Fue una retirada. Y como toda retirada, tuvo algo de derrota y algo de cuidado propio.

Hoy regreso sin un programa, sin consignas, sin la necesidad de convencer a nadie.

Regreso a la literatura como se regresa a una habitación conocida: no para escapar del mundo, sino para mirarlo con otra luz. La literatura no grita. No compite por la atención. No exige respuestas inmediatas. Se permite la duda, el matiz, la frase imperfecta.

Aquí no habrá opiniones urgentes ni tomas de posición diarias.

Habrá notas, ensayos breves, lecturas que acompañan, preguntas sin resolver. Textos escritos desde la lentitud, que es una forma de resistencia poco espectacular, pero necesaria.

No escribo para explicar el mundo.

Escribo para entender qué me pasa cuando lo miro.

Si alguien llega hasta aquí buscando argumentos, probablemente se irá decepcionado. Pero si alguien se queda por una frase, una pausa, una idea que no termina de cerrarse, entonces este espacio habrá cumplido su función.

Este blog cambia de voz.

Y escribir, por fin, vuelve a tener sentido.


viernes, 16 de enero de 2026

Una noche gélida y un sanwich salvador.


Una noche gélida y un sándwich salvador

Desde el miércoles, los noticieros en las redes digitales anunciaban que una onda gélida entraría durante la noche a la tierra de los Everglades, playas y naranjas. Solo leerlo me provocó un pánico inmediato, fruto de mi ya conocida cobardía frente al frío. Vaticiné una noche larga y helada; me imaginaba frotándome manos y piernas en un intento desesperado por arrancarle algo de calor al ambiente.


Cuando llegó la hora de internarme en la cama, me cobijé todo lo que pude. Di varias vueltas, como si el movimiento ayudara a calentar las sábanas. Afortunadamente, la cobija resultó ser lo suficientemente buena para conservar mi calor corporal y regalarme un sueño tranquilo. Al despertar, pensé que quizá mi psicología rupestre aún no logra comprender del todo la realidad moderna de la calefacción.


Al día siguiente llevé a mi hija Karen al hospital donde trabaja. Mientras caminábamos, me soltó la noticia con naturalidad:

—¿Sabes? Amanecimos a –2 grados centígrados.

—Ni lo he sentido —le respondí, sorprendido incluso de mí mismo.


No sé si poco a poco me estoy acostumbrando al frío o si simplemente iba lo bastante bien abrigado como para no notarlo.


De regreso al apartamento, el pensamiento inevitable apareció: ¿qué desayunar? Y como suele pasar cuando uno quiere algo rápido, sencillo y reconfortante, la respuesta fue inmediata:

—¡Un sándwich!


Pan untado con harta mayonesa, generosas tendidas de jamón de cerdo y una gran capa de queso gouda asado. Rodajas de tomate, mostaza y pequeñas ruedas de chile jalapeño. Calor, sabor y consuelo entre dos panes.

Qué delicia.