Tonchy, un buen amigo y paisano mexicano, con quien su familia, la mía y otros amigos hemos compartido distintas temporalidades de convivencia, es también conocido por preparar unas carnitas estilo Michoacán verdaderamente riquísimas, acompañadas de las tortillas a mano que hace su esposa, simplemente buenísimas. En algún momento, yo me había ofrecido a acompañarlo a su trabajo cuando se diera la oportunidad, con la intención de distraerme y conocer nuevos lugares, ya que por las mañanas no estaba haciendo mucho. Bajo esa lógica, un día pasó por mí para dirigirnos a una localidad cercana donde tenía algunos trabajos propios de su oficio.
Ya dentro del vehículo, me percaté de que escuchaba la radio. En la pantalla digital del tablero se apreciaba el logo de Radio Ranchito 102.5 FM. Al notarlo, me dijo:
—Yo escucho esa radio de allá de mi pueblo. Ahí me entero de todo lo que pasa en mi estado y en México.
Radio Ranchito 102.5 FM, la estación que sonaba ese día en la camioneta, es una emisora tradicional de Morelia, Michoacán, conocida por transmitir música regional mexicana, noticias y programas populares que conectan con la vida cotidiana y las tradiciones de su gente. Para muchos migrantes, como mi amigo, representa un vínculo permanente con su tierra natal.
Mientras avanzábamos por la carretera, comprendí que aquella estación de radio era mucho más que un simple acompañamiento de viaje. En cada canción, en cada anuncio y en cada saludo al aire, mi amigo encontraba una forma de volver, aunque fuera por instantes, a su tierra. La voz de la locutora, con su acento familiar, parecía acortar la distancia entre donde estábamos y los caminos polvorientos de Michoacán que él tanto recordaba.
Me explicó que escuchar esa radio le ayudaba a no sentirse tan lejos de casa. Ahí hablaban de las fiestas patronales, de los cambios del clima, de los precios del campo. Para alguien que había dejado atrás familia, costumbres y paisajes, esas transmisiones se convertían en un lazo invisible, pero firme, con sus raíces.
Guardé silencio por un momento, entendiendo que para muchos migrantes la nostalgia no siempre se manifiesta en palabras, sino en pequeños gestos cotidianos: una canción ranchera, una comida preparada como en casa o una estación de radio sintonizada cada mañana. En ese trayecto, la camioneta no solo nos llevaba a una localidad cercana por motivos de trabajo, sino que también transportaba recuerdos, añoranzas y una identidad que se resiste a desvanecerse con la distancia.
Aquel día entendí que, para mi amigo, Michoacán no era solo un lugar en el mapa, sino una presencia constante que viajaba con él, acomodada en el sonido de la radio, acompañándolo en silencio mientras cumplía su jornada lejos de su hogar.