Cállate los ojos
Hay momentos en los que no hace falta cerrar los ojos, sino hacerlos callar.
Porque los ojos también hablan. Señalan, juzgan, insisten. No se conforman con ver: quieren interpretar, ordenar, condenar.
Decir cállate los ojos no es un gesto contra la mirada, sino contra su exceso. Contra esa costumbre de mirar el mundo como si debiera explicarse de inmediato, como si cada cosa exigiera una opinión, una respuesta, un veredicto.
Los ojos no saben esperar.
Ven primero y piensan después —si es que piensan—. Por eso a veces conviene pedirles silencio, como se le pide a una voz interior que no deja escuchar nada más.
Callar los ojos es permitir que otras formas de atención aparezcan:
el tacto de una frase,
el peso de una pausa,
la incomodidad de no entender del todo.
Vivimos rodeados de miradas ruidosas. Miradas que opinan, que registran, que archivan. Miradas que no descansan. Tal vez por eso leer sigue siendo un acto extraño: exige una mirada que no interrumpa, que no se adelante, que acepte no saber.
Hamlet lo intuye cuando enfrenta a su madre: ver no basta.Mirar sin conciencia es otra forma de ceguera.
Cállate los ojos:
para que el pensamiento no sea inmediato,
para que el lenguaje no sea reflejo,
para que el mundo no se reduzca a lo visible.
A veces, solo cuando los ojos guardan silencio, algo —por fin— empieza a decirse.