Una noche gélida y un sándwich salvador
Desde el miércoles, los noticieros en las redes digitales anunciaban que una onda gélida entraría durante la noche a la tierra de los Everglades, playas y naranjas. Solo leerlo me provocó un pánico inmediato, fruto de mi ya conocida cobardía frente al frío. Vaticiné una noche larga y helada; me imaginaba frotándome manos y piernas en un intento desesperado por arrancarle algo de calor al ambiente.
Cuando llegó la hora de internarme en la cama, me cobijé todo lo que pude. Di varias vueltas, como si el movimiento ayudara a calentar las sábanas. Afortunadamente, la cobija resultó ser lo suficientemente buena para conservar mi calor corporal y regalarme un sueño tranquilo. Al despertar, pensé que quizá mi psicología rupestre aún no logra comprender del todo la realidad moderna de la calefacción.
Al día siguiente llevé a mi hija Karen al hospital donde trabaja. Mientras caminábamos, me soltó la noticia con naturalidad:
—¿Sabes? Amanecimos a –2 grados centígrados.
—Ni lo he sentido —le respondí, sorprendido incluso de mí mismo.
No sé si poco a poco me estoy acostumbrando al frío o si simplemente iba lo bastante bien abrigado como para no notarlo.
De regreso al apartamento, el pensamiento inevitable apareció: ¿qué desayunar? Y como suele pasar cuando uno quiere algo rápido, sencillo y reconfortante, la respuesta fue inmediata:
—¡Un sándwich!
Pan untado con harta mayonesa, generosas tendidas de jamón de cerdo y una gran capa de queso gouda asado. Rodajas de tomate, mostaza y pequeñas ruedas de chile jalapeño. Calor, sabor y consuelo entre dos panes.
Qué delicia.
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